viernes, julio 08, 2005

Belleza incomprendida

Tienen los nuevos jardines de Córdoba la singularidad de estar hechos de cemento y granito, materiales que se adaptan a las características del clima en estas latitudes, realzándolas acaso en forma de homenaje. Así, el viandante desprevenido puede tener vivencias con las que jamás podría soñar en otras zonas verdes quizá mejor planificadas pero sin duda menos divertidas. Ora en Miraflores, ora en el Plan Renfe, ora en Gran Vía Parque; el carrusel de la deshidratación, el tobogán de la insolación, la colina del síncope, la casa de la asfixia o el slalom de la carne quemada se convierten en atracciones discretas que consiguen hacer de estos lugares los propicios para ser reptados. Nada hay más romántico en la ciudad de las Tres Inculturas que observar a una joven pareja arrastrándose cogidos de la mano mientras tratan de llegar a una fuentecilla para calmar su sed con un chorrito de agua hirviendo.

Córdoba es también la ciudad de la ciencia, y así lo demuestran los bancos situados en estos jardines, expuestos a temperaturas cercanas a los 70 grados, donde se coloca a los ancianos para observar democráticamente su descomposición en vivo. Córdoba es también la ciudad de la naturaleza, y a falta de algún árbol que pueda dar sombra, los nuevos parques son ricos en seres menospreciados y marginados que el Ayuntamiento ha rescatado de sus ghettos de manera ejemplar: la chinche, el piojo, la cucaracha, el alacrán y diversas mutaciones de ácaros componen una reserva poco valorada y sin embargo riquísima. Córdoba es también la ciudad del turismo, y el peculiar carácter de sus zonas verdes actúa como conductor de las masas de visitantes hacia el casco histórico, donde las callejuelas les permiten desfallecer lejos de la mirada de los curiosos. Córdoba es también la ciudad del deporte, y el inquieto corredor de fondo sólo necesita ponerse el meyba y las tenis para hacer su maratón de las arenas, en este caso de las losetas al rojo. Córdoba es, en suma, la ciudad del saber, y si en otros lares los poetas escriben sonetos a los almendros en flor, el azahar o la amapola, los versificadores tienen aquí la oportunidad de inspirarse en motivos mucho más grandilocuentes, literarios y propios de un digno discípulo hodierno del gongorismo: el infierno, el fuego y los efluvios del averno… ¡Oh Hades!

Sorprendentemente, estos diseños del futuro siguen sufriendo la incomprensión de aquellos que prefieren la rancia umbría a la moderna solana, el arroyuelo a la vanguardista grieta en la tierra seca, el trasnochado rumor de las cascadas al ritmo actual del golpe de calor. Esos espíritus toscos jamás podrán apreciar la belleza de la lámina de hormigón armado en la que poder freír un huevo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No tengo la agudeza mental necesaria para poder perderme hoy, en estos momentos de parto postsiesta tardía, entre los recovecos de tan singular derroche de lirismo, pero prometo volver y ponerte a parir, doctor Perol. En cuanto desenmarañe la cascada de adjetivos con la que adornas tu crónica. Mu gonito, sí señor.

Wayne Palmera dijo...

Jajaja¡¡ Es cojonudo¡¡ Muy simpsoniano todo...

GO ON DOCTOR¡¡

somebody dijo...

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