miércoles, julio 06, 2005

Una denuncia

Los presupuestos participativos del Ayuntamiento de Córdoba se pusieron en marcha hace unos años con bastante éxito de crítica –por parte de sus organizadores- y un estrepitoso fracaso de público. En las ediciones anteriores participaron cuatro personas y media, y no porque las estadísticas coloquen ahí un 0’5, sino porque el portero del centro cívico donde se celebraban las reuniones, y al que también consideramos ciudadano porque en El Perol Sideral no marginamos a la plebe, entraba y salía de la sala para abrir la puerta del lugar a las alumnas octogenarias de los cursos de danza del vientre.

Los presupuestos participativos consisten en que los habitantes de un barrio determinado votan para hacer una lista de demandas urgentes. El Ayuntamiento toma nota y envía a continuación una avanzadilla de técnicos encabezados por el concejal de urbanismo, Andrés Ocaña, o la de Infraestructuras, Rosa Candelario, para que se den una vuelta por la plaza central del sitio mientras estrechan las manos de los aborígenes allí reunidos. Por un proceso matemático complejísimo, las obras que requerían celeridad en su realización se transforman en otras y, por ejemplo, si los vecinos de Fátima necesitaban farolas, los de la Huerta de la Reina obtienen dos años más tarde un recinto para que defequen los perros. Pero esto ya son cuestiones científicas en las que no entramos. Los designios de los números son inescrutables.

Ahora el Ayuntamiento pretende extender los presupuestos participativos a los niños, con lo que los pequeños pueden familiarizarse así con la parálisis de Córdoba desde edades muy tempranas, haciéndose senequistas con carné infantil. Esto nos parece hasta bonito. Sin embargo, la propia esencia del proceso se basa en la ausencia, valga la casi redundancia, de gente en las votaciones, o sea, en hacer novillos, la rata, pellas… Y si los niños, a la postre, aprenden a escaquearse de clase gracias a la labor del propio Ayuntamiento: ¿quién le pegará a los maestros?

El profesorado tiene una ardua labor, por ello necesitan tres meses de vacaciones para recuperarse, y ese trabajo ha de tener compensación. Cuando un tierno infante asimila las enseñanzas de la Logse deja su impronta a modo de suela de zapato dibujada en el rostro del maestro, que así sabe que ha cumplido con su quehacer en el maravilloso mundo del conocimiento humano. El consistorio, a través de los presupuestos participativos infantiles, puede hacer que nuestras jóvenes generaciones ni tan siquiera acudan al colegio para partirle la cara al profesor, con lo que se rompe el ciclo. Este texto pretende ser una grave denuncia: Rosa Aguilar está dinamitando el sistema escolar español desde dentro.

Apesadumbrados a la par que inquietos, conminamos al Foro de la Familia a que se manifieste el próximo sábado en los jardines del Plan Renfe, póngamos a las 16:00, cuando suele correr una brisa muy fresca por sus frondosos corredores de sombra.

3 comentarios:

Elena dijo...

No se puede pintar, pero ahí va:
Un lazo negro por Londres

Anónimo dijo...

Muy bueno. Sigue así aunque estemos todos de vacaciones y los que sobrevivan en Córdoba a la ola o al olazo de calor estén tan invadidos por el sopor que no puedan animarte a ello. Excepto yo, claro, que soy la caña de España. Rompo una lanza por mí.

somebody dijo...

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